Las palabras con las que te defines también diseñan tu vida

Septiembre me dejó una sensación rara: como si varias partes de mi vida hubieran quedado suspendidas mientras atendía otras cosas más urgentes. Hubo días en los que la familia, los imprevistos y el cansancio ocuparon casi toda mi atención, y ahora que algunas aguas empiezan a calmarse me encuentro tratando de volver a poner en orden el resto: el ejercicio, la salud, los estudios, mis proyectos, mis rutinas.

Lo curioso es que volver no siempre consiste únicamente en retomar horarios. También implica observar la historia que una empieza a contarse sobre lo que pasó.

Es fácil mirar unas semanas desordenadas y pensar: “ya perdí el ritmo”, “otra vez dejé todo botado”, “nunca logro ser constante”. Y quizá esas frases parecen inocentes, pero poco a poco pueden dejar de describir una situación y empezar a describirnos a nosotros.

Eso me interesa especialmente porque muchas de las palabras que usamos sobre nosotros mismos parecen pequeñas, pero cargan muchísimo peso. Decir “me está costando organizarme” no se siente igual que decir “soy desorganizada”. Una frase habla de una dificultad concreta; la otra empieza a convertirla en identidad.

Mientras avanzo en mi formación en Psicología, cada vez me interesa más esa relación entre lenguaje, identidad y conducta. No porque crea que las palabras tengan un poder mágico ni que una frase positiva pueda transformar una vida por sí sola, sino porque el lenguaje organiza la experiencia. Nos ayuda a interpretar lo que nos pasa, a construir significado y, a veces, también a limitar las posibilidades que somos capaces de imaginar.

Si durante años alguien se describe como “malo con el dinero”, “incapaz de terminar cosas”, “demasiado sensible” o “poco disciplinado”, esa definición puede empezar a funcionar como un filtro. Cada tropiezo confirma la historia y cada excepción parece menos importante.

Eso no significa que podamos simplemente cambiar una etiqueta por otra y listo. Pero sí creo que vale la pena preguntarnos si las palabras con las que nos nombramos siguen siendo precisas, útiles o incluso justas.

Este mes, por ejemplo, me ha servido mucho cambiar la forma en que interpreto mi propio regreso. En lugar de pensar que perdí todo lo que había avanzado, intento verlo como lo que realmente fue: una interrupción. Hubo cosas que demandaron mi atención, algunas rutinas se rompieron y ahora toca reconstruirlas. Esa manera de nombrarlo cambia también la manera en que puedo actuar frente a ello.

Si pienso que “arruiné todo”, volver se siente enorme. Si entiendo que “mi rutina se interrumpió”, la siguiente pregunta es mucho más concreta: ¿por dónde empiezo? Creo que ahí hay una diferencia importante. No todo tropiezo necesita convertirse en una conclusión sobre quiénes somos.

Muchas de las frases que cargamos tampoco comenzaron con nosotros. A veces heredamos palabras de la familia, de la escuela, de relaciones pasadas o de momentos en los que todavía no teníamos demasiadas herramientas para entender lo que nos estaba ocurriendo. Algunas se quedan tanto tiempo que terminamos repitiéndolas como si fueran hechos.

Por eso últimamente me interesa prestar atención a expresiones como “yo soy”, “yo siempre” o “yo nunca”. No para censurarlas, sino para examinarlas. ¿Estoy describiendo una conducta o toda mi identidad? ¿Estoy hablando de algo que ocurre ahora o de una sentencia permanente? ¿Esta frase me ayuda a comprender mejor lo que pasa o simplemente me castiga?

A veces hacer el lenguaje más preciso también hace el problema más manejable.

“Soy floja” puede convertirse en “estoy evitando esta tarea porque me abruma”.

“Nunca termino nada” puede convertirse en “me cuesta sostener proyectos cuando pierdo estructura”.

“Soy mala para esto” puede convertirse en “todavía no he desarrollado esta habilidad como quisiera”.

No son afirmaciones bonitas por obligación. Son descripciones más específicas, y la especificidad deja más espacio para intervenir.

Quizá eso es lo que más me habría gustado entender antes: no todo retroceso necesita convertirse en una historia sobre quién eres.

A veces solo es una temporada difícil, una emergencia, una pausa o un sistema que dejó de funcionar. Y cuando dejamos de convertir cada interrupción en identidad, aparece la posibilidad de revisar qué necesitamos realmente para volver.

El mes pasado escribí sobre cómo el entorno físico puede facilitar o dificultar ciertas formas de vivir. Este mes me interesa mirar otro tipo de entorno: el que construimos con palabras, significados e historias personales.

También vivimos ahí.

Y, de vez en cuando, vale la pena revisar si ese lugar todavía nos permite movernos.

Quizá algunas historias necesitan ser comprendidas. Otras necesitan actualizarse. Y algunas simplemente ya cumplieron su función. La pregunta que me quiero quedar y compartir este mes es esta:

¿Qué palabras sigo usando para definirme que ya no describen con justicia a la persona que estoy intentando construir?


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