¿Por qué los adultos también necesitan espacios para imaginar?

Últimamente he estado pensando en algo que parece repetirse en la vida de muchos adultos: después de pasar años avanzando rápidamente entre estudios, trabajo, responsabilidades y metas, por fin conseguimos un poco de tiempo libre… y, aun así, algo se siente extraño.

El descanso no siempre llega.

A veces, lo que llega es el vacío.

Para quienes vivimos en ciudades, puede resultar difícil recordar que la vida no está construida únicamente alrededor de la productividad, las fechas de entrega y la necesidad de convertir cada interés en algo útil.

Leer debería enseñarnos algo.
Dibujar debería convertirse en contenido.
Crear debería ser rentable.

Incluso el descanso parece necesitar una justificación.

Hace unas semanas, mi mamá me contó una historia que se quedó conmigo.

Un hombre murió camino a su trabajo, justo afuera de su casa. Lo que más me impactó fue saber que, durante años, había hablado de todo lo que finalmente haría cuando llegara su jubilación, la cual estaba a penas dos años por delante.

Los viajes.
El descanso.
El tiempo libre.
Las cosas que realmente quería explorar.

Como si el juego, la curiosidad y el disfrute pertenecieran únicamente al principio o al final de la vida.

Sin embargo, entre esos dos extremos transcurre la mayor parte de nuestra existencia.

Décadas enteras en las que muchas personas viven casi exclusivamente alrededor de la productividad, las responsabilidades y la supervivencia. Como si aprender a sostener la vida hubiera ido reemplazando, poco a poco, la experiencia de habitarla.

Esta es una de las razones por las que he estado pensando tanto en las bibliotecas. No solo como lugares para estudiar, sino como espacios donde la imaginación todavía tiene permiso para existir. Habitaciones silenciosas donde alguien puede perderse leyendo sobre astronomía, dragones, filosofía, jardines, mapas o cualquier tema extraño que despierte su curiosidad.

Sin presión.

Sin evaluaciones.

Sin la necesidad de convertir inmediatamente ese interés en algo rentable.

Para comprender por qué estos espacios son tan importantes, he vuelto una y otra vez a dos ideas que he estado aprendiendo en psicología: el concepto de espacio potencial de Donald Winnicott y las investigaciones del psiquiatra Stuart Brown sobre el juego.

La primera me ayuda a pensar la imaginación como un lugar de encuentro entre nuestro mundo interior y el mundo exterior. La segunda me recuerda que el juego está profundamente relacionado con la vitalidad, la adaptación y el bienestar psicológico.

Donald Winnicott describió el espacio potencial como un espacio intermedio entre la realidad interna y la realidad externa, donde pueden surgir el juego, la imaginación, la creatividad y la experiencia cultural. Es el lugar donde un niño construye mundos imaginarios, pero también donde los adultos crean arte, leen, conversan, exploran ideas y encuentran significado. Tal vez una parte de nuestro agotamiento aparece cuando dejamos de tener acceso a esos espacios.

Por su parte, Stuart Brown ha explorado cómo la ausencia prolongada de juego puede afectar la vitalidad emocional, la creatividad y el bienestar psicológico. A través del juego exploramos, nos adaptamos, mantenemos viva la curiosidad y nos sentimos más conectados con la experiencia de estar vivos.

Sin embargo, en la forma en que muchos de nosotros vivimos actualmente, el juego suele desaparecer o transformarse rápidamente en rendimiento. Crecer no debería significar abandonar la imaginación. También necesitamos espacios donde podamos leer sin tareas, conversar sin presión y explorar ideas sin convertirlas inmediatamente en productividad.

Lugares donde no tengamos que demostrar nada.

Donde podamos recordar que todavía tenemos un mundo interior.

Quizá algunos mundos internos no necesitan ser corregidos, optimizados ni monetizados.

Quizá solo necesitan tiempo.

Atención y un lugar donde puedan volver a abrirse.


Si también sientes que tu mundo interior necesita más espacio para respirar, puedes conocer Imagination Club, una reunión mensual en la BINAES para leer, conversar y explorar curiosidades sin presión por convertirlas en productividad.

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